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Essa semana o Rio de Janeiro fez 450 anos. Eu, como apaixonada pela cidade maravilhosa que sou, procuro constantemente um resquício carioca pelas ruas e bairros porteños. Há oitenta anos atrás aproximadamente, Roberto Arlt fazia o caminho inverso: buscava desperadamente por um pedacinho que fosse de Buenos Aires no Rio de Janeiro. E registrou essa busca (frustrada) em crônicas que publicou nos jornais da época, e que há uns dois anos atrás foram reunidas por Adriana Hidalgo Editora, sob o título de Aguafuertes cariocas. Um registro hilário (e abjeto já que bastante racista) do olhar porteño lançado ao Rio de Janeiro dos anos 30. Do encanto ao horror em menos de 200 páginas, seria o meu subtítulo.

O humor vem precisamente do crescente mau humor que vai impregnando o livro, um rechaço tão caricato, quanto o amor demonstrado nas primeiríssimas páginas. Faz todo o sentido: Arlt chega predisposto a amar o clichê que ele denuncia nos outros escritores contemporâneos do gênero. E chega também predisposto a odiar, como se desse ódio dependesse o amor dele pela terra natal. “Es necesario viajar para darse cuenta de ciertas cosas”, ele diz em determinado momento.  Acaso não é esse movimento duplo o marco sentimental de boa parte das odisséias turísticas mundo afora? Nesse sentido, mais atual que nunca as crônicas inéditas desde Rio de Janeiro de Roberto Arlt. Num momento entendi que este era o esporte dos expatriados latinos por excelência: se reunir pra encontrar na Argentina uma versão piorada do país de origem, normalmente Brasil ou Colombia, recentemente Venezuela também.

Eu erro e erro em busca das semelhanças, e com isso não creio que esteja só,  apenas menos acompanhada. Mas quem melhor resolve toda essa questão da identidade, da alteridade, na minha opinião, é a deliciosa frase atribuída a Tom Jobim: “Morar nos Estados Unidos é bom, mas é uma merda. Morar no Brasil é uma merda, mas é bom”. O que me interessa, e muito, nessa frase, é que não termino de me decidir se aponta em uma outra direção, diferente do etnocentrismo que se equilibra entre a crítica mordaz e a admiração condescendente,  ou talvez reforce esse etnocentrismo, mas rejeitando sua inerente hipocrisia.

O fato é que o livro do Arlt, embora escrito nos anos 30, ainda me parece um compêndio das percepções porteñas sobre o Rio de Janeiro, enquanto metonímia do Brasil. E em algumas observações, tenho que admitir que ele foi acurado, ainda que meu orgulhinho nacional proteste.

Comecemos pelo etnocentrismo em chave de deslumbramento condescendente: As mulheres cariocas, à diferença das porteñas circulam pelos cafés, também pelos cinemas (“Y a estas muchachas no les pasa nada en la oscuridad? pergunta atônito), sem serem incomodadas, tudo isso “a mil seiscientos kilometros de Buenos Aires”, ele repete uma e outra vez, como um mantra.

“En Buenos Aires, en casi todos los cafes, usted encuentra compartimentos para familias. Aquí no se conoce esa división. Cuando salen de su empleo, las muchachas entran a los cafes, toman sus pocillos de bocequin y lo hacen con tranquilidad: la tranquilidad de la mujer que sabe que es respetada. En Buenos Aires el trato general con la mujer revela lo siguiente: que se la tiene por su inferior. La continua falta de respeto de que se la victima lo demuestra.”

Selecionei este trecho, mas distintas variações do mesmo tema aparecem nessa primeira parte do livro, que eu considero um prólogo, com o etnocentrismo em versão de deslumbramento condescendente, que logo será transformado em crítica mordaz. E basicamente essa fase encantamento se resume ao assombro de ver mulheres sozinhas nos cafés, bondes ou caminhando ao lado de um homem e demonstrado afeto. Logo, o próprio português seria um “parlamento hecho para boca de mulher”, e o mito da democracia racial se expressa na gastronomia, en que “el sibaritismo brasileño, la voluptosidad portuguesa y negra, há inventado sorbetes que son un poema de perfume, color y sabor.

“Sorvete de coco, leche de coco congelada, un helado para el paladar de uma menina. La crema de abacate: antes de tomarla hay que hacerse la señal de la cruz, debe haberla inventado el demonio para producir sueños voluptuosos. Y así todas esas frutas, sorbetes, postres helados. A pesar del frio que los empapa en su substancia, son tremendamente cálidos, debe haberlos creado un demonio… el demonio de las sensualidades botánicas. Si no, no se explica”

E o expediente colonialista – onde a volúpia parece como vocábulo onipresente –  aparece em seu esplendor, no que parece a definição de um paraíso tropical perdido em pleno coração da América do Sul:

“Respeto para el hombre…para la humanidad que lleva el nombre en si. Es lo que encuentro en Río. Aquí, donde la naturaleza ha creado seres voluptuosos, mujeres de ojos que son noches turbias y perfiles con calidez de fiebre, solo encuentro respeto, que hace que de pronto usted se detenga  y se diga en conversación consigo mismo: -La vida, así,  es muy linda.”

E é a arquitetura, a responsável por inspirar a não tão obvia observação e um não tão obvio sentimento sobre a paisagem urbana carioca e seus rituais íntimos e mínimos, na melhor passagem do livro:

“Así le ocurre a usted pasar por la calle y ver cosas como estas: un chico lavándose los pies en un dormitorio. Una señora peinándose frente a un espejo. Un negro mondando papas. Un ciego repasando un rosario en una silla de esterilla. Un cura viejo meditando en una hamaca, al margen de su breviario. Dos muchachas descosiendo un vestido.  Un hombre ligero de ropas. Una mujer en idénticas condiciones. Un matrimonio cenando. Dos comadres echándose las cartas. La vida privada es casi publica. Desde un segundo piso se veen cosas interesantísimas. Volviendose a las casas, este conjunto uniforme, pintado com lo que yo llamaria colores agrios y marítimos porque tienen la misma brutalidad que el azul de las camisas marineras, produce en la noche una terrible sensación de tristeza Un silencio que solo lo interrumpe la vertiginosa carrera de los tranvías. Luego nada. Puertas cerradas y más puertas. De distancia en distancia una negra gorda, sentada en el umbral de su casa, un negrito con la cabeza apoyada en el alfeizar de granito de un primer piso, y luego el silencio, el silencio calido, tropical por donde el viento introduce un craso perfume de plantas cuyo nombre ignoro. Y la pesadez de la piedra, de los bloques de piedras que están construidas todas esas casas termina por aplastarle el alma y usted camina cabeceando, en el centro de la ciudad, en una casi soledad de desierto a las diez de la noche.”

Ou mesmo aquí:

Avenida Rio Branco. Oleaje de gente. Fachadas de azulejos recamados de oro, azul y verde. El Café Morisco com cúpulas de escamas de cobre. Tranvías verdes. Rafagas de jazmín. En el fondo, el Cerro Pan de Azúcar color espinaca. A un costado el morro de Santa Teresa, color naranja. Automóviles que pasan vertiginosamente, gente que en sillas-cestas de mimbre beben sorbetes. Él y ella. Ella de negro. Él de blanco. Un escote admirable. Caminan lentamente. No tomados del brazo, sino de los dedos. Como criaturas. Y de pronto escucho que ella dice: -Meu bem

Mas o livro começa mesmo com a seguinte pergunta:

Son distintos los brasileños de nosotros?

Na resposta ele resgata o argumento que é pra mim o centro de sua apreciação sobre os vizinhos, primeiro em chave de admiração condescendente, depois em chave de crítica mordaz.

“Sí, son distintos en lo siguiente: tienen una educación tradicional. Son educados, no en la apariencia o en la forma, sino que tienen el alma educada. Son más corteses que nosotros, y solo se puede comprender el sentido verdadero de la cortesía por la sensación de reposo que recibe nuestros sentidos.”

Essa cortesia, ou esse respeito pelo próximo que também aparece como uma variação daquela, vai se revelando passividade e alienação, como resposta ao autoritarismo e a censura…Se é possível pensar que, Arlt poderia conceber como resposta, tais características. Sua pendencia pro positivismo me leva a crer que nao:

“Seamos sinceros. En nuestro país como aqui, esta permitido hablar mal del presidente para abajo;  y en nuestra Camara hay socialistas de todos los matices. Aquí el socialismo produce escalofríos. Hay una comisión de cine que no se asusta de ninguna cinta por escabrosa que sea, mientras no trate de asuntos sociales.”

…numa cidade (país) com poucas alternativas de elevação do espírito, sejam elas no âmbito da cultura, sejam elas no âmbito da política:

“También. Como para no tener treinta seis millones? Fijénse no se escolaza, no se bebe, no se va al teatro porque de los tres teatros, uno esta cerrado, el otro sin compañia y el tercero en refacción, no se pierde tiempo en el café porque en el café no hay tolerancia sobre los vagos. No se juega porque todos los cabarets donde había timba fue clausurado.  No se pierde tiempo con las malas mujeres porque las malas mujeres dispararon aburridas de tanta moralidad. No se lee porque los libros cuestan caros y con darles una ojeada a los periódicos el asunto esta liquidado. No se va a los comités porque aquí no hay comités.  No se va a las bibliotecas obreras porque aquí los obreros no tienen bibliotecas. Y las cintas del cinematógrafo pasan por una comisión de censura que las expurga de cuanto elemento revolucionario que pueden encerrar”

E no país que tem “ouvido musical”: “No, no me he vuelto sordo. Por el contrario, estoy desesperado por escuchar buena música.” Só em Paquetá a buena música, leia-se, Bach, chega aos ouvidos de Roberto Arlt Um paraíso tropical sem vocação boemia.

“Ah Buenos Aires! Buenos Aires Calle Corrientes y Talcahuano, y terraza y Café de Ambos Mundos y Florida!Ah Buenos Aires! Allí uno se esgunfia es cierto, pero se esgunfia despierto a las tres de la mañana. Pero aquí? Dio mío! Donde va usted a las tres de mañana? Que barbaro! He dicho a las tres de la madrugada? Adonde va, acá en Rio, a las once de la noche? Adonde? Explíqueme usted por favor!”

E ele explica: para casa, no país onde se trabalha e se aburre. E nessa, nem a paisagem escapa. E talvez esse seja precisamente o problema: as montanhas estão ali no mesmo lugar o tempo todo. Tudo isso baixo o inclemente sol dos trópicos. Ou talvez a razão de tudo isso seja exatamente a inclemência solar.

Não deixo de pensar que este argumento, a despeito da crescente integração,  persiste entre parte da classe média argentina bem pensante, sobre nós, cariocas, e aqui é preciso entender, que não importa de onde sejamos, é a iconografia carioca que vai nos acompanhar. Nesse contexto, Avenida Brasil foi realmente longe, ao propor recortes não convencionais da paisagem natural, urbana e humana do Rio em pleno horário nobre da tv aberta argentina.

Então voltamos ao começo, buscar o Rio aqui, buscar Buenos Aires lá. Rio versus Buenos Aires: uma comparação possível justamente pela oposição entre as fantasias que essas duas cidades encarnam.  Um tempo atrás tinha um simpático tumblr que comparava Buenos Aires a São Paulo, com imagens. Pra mim, não há antagonismo suficiente aí que sustente uma comparação assim. Já Rio-Buenos Aires: funcionam como metonímia da ficção nacional que é exportada para o exterior e para o interior de si mesmos, na forma de estereótipos, narrativas, fantasias. E seriam fantasias opostas, irreconciliáveis.

Certa vez uma amiga comentou que um dia estava caminhando pelas ruas de Buenos Aires e encontrou uma conhecida, como de praxe, perguntou se estava tudo bem, ao que escutou perplexa a interlocutora não só responder que não estava, como acrescentar que estava atravessando o medo ou a tormenta, ou algo parecido. Todos nós rimos muito com o recorrente subtexto de que os porteños são dramáticos. Dramáticos e psicanalisados, convidados, mais que condenados, pelo frio à introspecção e à ilustração. O drama, nos informa Maffesoli, é uma característica essencialmente moderna, uma vez que dispõe uma tese a uma antítese, em busca de uma síntese. E é sobre o drama que se ergueria a fantasia da argentinidade: do drama enquanto o conflito, em que estão imersos os sujeitos nacionais em busca de uma resolução que é o que vai levar a nação (de volta) pros trilhos, com destino ao amanhã glorioso, como foi um dia o passado. Essa ultima parte é responsável por alimentar o outro pilar sobre o qual se ergue a fantasia da argentinidade: a nostalgia.

Por outro lado, ante a mínima manifestação de qualquer insatisfação brasileira, os argentos instintivamente respondem: ah, mas lá vocês têm a praia. E isso me leva imediatamente a um looping da cena de Copacabana Mon Amour, de Rogerio Saganzerla, em que o fantástico texto que acompanha o deambular de Helena Ignes, diz o seguinte: “o sol de Copacabana enlouquecendo certos brasileiros em pouquíssimos segundos deixando-nos completamente tarados, atônitos e lelés: nós, os fantasmas esfomeados do planeta”.

O sol como condena, como fardo, como fado tropical, nosso destino e tragédia. O Brasil é nesse sentido, o oposto do drama: é trágico. E se os acusamos de nostálgicos, somos acusados de presenteístas. O Brasil despreza seu passado, e vive como dá o seu presente, como o sol acachapante permite: dóceis e sem grandes aspirações de transcendência. Por isso, junho de 2013 pegou todo mundo de surpresa. E o analista do Le Monde falou na televisão em argentinização do Brasil, paralelamente a uma brasilização da Argentina.

Eu continuo tentando encontrar brechas nesse campo simbólico em constante disputa. O que aproxima. (Not so) Far way, so close… San Telmo e a Lapa, os dois habitats por excelência dos exús notívagos. Os taxistas falastrões daqui e de lá, orgulhosos mestres de cerimônia, que contam historias escabrosas aos recém-chegados, em que o sub-texto sempre será: não é uma cidade para os fracos, tanto Buenos Aires, na épica do conflito político, quanto no Rio, na épica do estado paralelo, a 120/140 km por hora no Aterro do Flamengo. Os protestos como carnaval, e o carnaval como protesto.

Quando eu digo aqui que as manifestações são pra mim como blocos de carnaval, não sei se os divinos (o querido deles. Acho adorável quando dizem: fulana és una divina! Como se dissesse: é uma querida) porteños se ofendem, mas certamente não levam à sério como deveriam. Dizem que Buenos Aires tinha toda uma cultura carnavalesca, que segundo eles, à diferença do Brasil, o carnaval era altamente político e subversivo, tanto que foi extinto pela ditadura: e aqui não estamos falando apenas da supressão da manifestação carnavalesca nas ruas, estamos falando do próprio feriado! Eu tento explicar que o carnaval no Brasil é político e subversivo: penso, por exemplo, nos blocos afros na Bahia (perseguidos pela ditadura), penso em Joãozinho Trinta e seu Cristo Redentor vendado, penso nos próprios trios soteropolitanos com sua massa branca dentro do cordão de isolamento e sua massa negra, fora, e por outro lado, na inversão onde as comunidades do Rio de Janeiro ocupam o centro da Avenida, desfilando em trajes de luxo…. Mas não adianta muito: predomina aqui uma ideia um tanto quanto moderna/dramática de política como o poder e a ação popular transformadora no espaço público.

Mas quando fui na manifestação do 24 de março, que acontece aqui há alguns anos, na Avenida de Mayo (a nossa Rio Branco, como observa o Arlt), sob o lema Memória, Verdad e Justicia, JURO que me senti num blocão no carnaval do Rio de Janeiro. As agrupações políticas vão desfilando na Avenida com seus respectivos estandartes, tem muita percussão, cânticos, e até dança e fantasia. Tinha um vestido de milho, em rechaço aos transgênicos. Uma amiga que estava passando uns meses aqui foi vestida com um lindo macacão florido e tênis prateado. Ela intuitivamente se vestiu prum bloco. E ficou meio desconcertada. Mas eu insisti que era um bloco sim! É o jeito deles de se fundir ou se perder num todo, de mexer seus corpinhos.

Depois está a dicotomia fundacional da oposição Buenos Aires -Rio de Janeiro: os cafés versus as casas de suco. Os cafés são os paraísos de leitura: você compra um café, um suco, uma água, empanada ou o que seja, e ganha um passe pra passar horas nessa instituição argentina, tranquilo lendo seu livrinho, jornal, revista, fotocópia de texto universitário, observando voyeuristicamente quem chega e quem sai. Dá até pra marcar reuniões de grupo da escola/faculdade ou mesmo do trabalho. Ou outro tipo de reunião, como as reuniões das Mães da Praça de Maio, no Café Las Violetas, em plena ditadura, que para não levantar suspeitas, simulavam celebrar aniversários, como me lembrou hoje mesmo G. O Mossad, dizia ele, também se reunia nos cafés, onde arquitetava a caça aos nazistas, um lugar onde quatro homens reunidos não levantavam suspeita alguma. A nossa “filosofia de bar/botequim” é a “filosofia de café” deles.

Joaquim Ferreira dos Santos certa vez escreveu em sua coluna no Globo que as casas de suco eram os “cafés” cariocas. Você ficava ali cinco minutos e já era introduzido ao carioca way of life, essencialmente o Ipanema way of life, parado de pé num balcão, entre a despretensão e a vivacidade, em ritmo deliciosamente preguiçoso pros pragmatismos, mas disposto pro “não fazer nada”, onde corpos dourados com pouca roupa vem e vão, tal qual a famosa canção, onde se desfruta um refresco das mais inverossímeis frutas, afinal de contas o inverno nessas coordenadas geográficas é cada vez mais uma abstração daí o imperativo de estar ao ar livre, imerso na mata atlântica a metros do mar. O interessante, o desrruptivo dessa fantasia toda era que não por acaso, a consagrada casa de sucos recuperada na crônica de Ferreira dos Santos se chama Polis.

Mas persiste a diferença: na casa de suco não se lê livros. E aí reside o principal aspecto distintivo entre as duas cidades, ou melhor, na forma como se observam. Buenos Aires sozinha teria mais livrarias, e certamente leitores que o Brasil inteiro. Um dado da realidade, que logo se converte em: impossível pensar em português, uma derivação de “só é possível filosofar em alemão”. Persiste aqui uma idéia de que só é possível pensar no interior de um ambiente calefacionado, protegido do inverno lá fora. Diante de um quadro como este, Jorge Amado é uma falha na matrix.

Eu particularmente continuo sonhando com uma cidade com duas ficções: os sucos das mais inverossímeis frutas, a variedade de comidas rápidas feitas com diferentes massas (coxinha, enrolado, joelho, todo um mundo muito além da empanada), o açaí e, os corpos em transe na fusão libidinal do carnaval, as pequenas liberdades intersticiais, a preguiça macunaímica e a fome antropofágica como resistência, por outro lado, o conforto, as deliciosas medialunas com submarino (uma barrona de chocolate mergulhada num copo de leite bem quente) o charme do ambiente book-friendly dos cafés, as bibliotecas obreras, o know-how revo, a boemia noturna que atravessa todas as classes, os pés direitos altos, a melancolia e a nostalgia. Frivolidade e drama, uma shangri la entre a paisagem natural exuberante e a arquitetura majestosa, o parque Lage como uma possível inspiração. O livro do Arlt “começa” com uma pergunta. Eu prefiro terminar a minha pequena divagação com uma: seria pedir demais?

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